China está atravesando una transformación energética como ninguna otra que el mundo haya visto. La rápida expansión de la energía solar y eólica en el país no es sólo una iniciativa ecológica; es una fuerza disruptiva que está remodelando los mercados energéticos globales, incluso cuando sus propios sistemas se tensan bajo el peso de este crecimiento. Mientras otros debaten sobre el futuro ideal de la energía limpia, China ya lo está viviendo, con todo el desorden y las consecuencias no deseadas que ello conlleva.
La escala de la revolución
Para 2024, la capacidad eléctrica instalada mundial era de aproximadamente 10 teravatios. Sin embargo, China ahora fabrica suficientes paneles solares para producir 1 teravatio al año, una producción asombrosa que eclipsa el ritmo de otras naciones. Vastas megabases solares y eólicas dominan el oeste de China, suministrando energía a los centros de población del este a través de líneas de voltaje ultra alto. Mientras tanto, los paneles en los tejados proliferan en todo el país, impulsados por procesos de obtención de permisos simplificados. El gran volumen de paneles fotovoltaicos fabricados en China ha reducido los costos mundiales de la electricidad a una cifra sin precedentes de 4 centavos por kilovatio-hora, convirtiéndola potencialmente en la fuente de energía más barata de la historia.
Este no es un lanzamiento cuidadosamente planeado; es una carrera caótica impulsada por la competencia. Las comunidades del carbón están colapsando, las guerras de precios están en pleno apogeo y la red eléctrica se está desestabilizando bajo la afluencia intermitente de energía renovable. Ninguna entidad controla el resultado.
El caos de la cadena de suministro
El dominio de China se extiende a lo largo de toda la cadena de suministro de energía renovable. El polisilicio, el material base para los paneles solares, tiene un exceso de oferta, lo que hace colapsar los precios y obliga a la consolidación entre los fabricantes. Aún más arriba en la cadena, la capacidad de producción de obleas y paneles excede la demanda, lo que desencadena una competencia de precios brutal. Las empresas deben innovar constantemente o corren el riesgo de quedarse atrás, impulsando los avances tecnológicos a un ritmo vertiginoso.
Este exceso de oferta no está contenido en China; está inundando los mercados internacionales. Han aparecido precios negativos de la electricidad en Alemania y Pakistán, donde la adopción masiva de la energía solar china ha socavado la estabilidad de la red. En Pakistán, la afluencia de energía solar barata provocó una “espiral de muerte” a medida que los clientes abandonaron la red, elevando los costos para los que se quedaron.
El eco del vehículo eléctrico
El mismo patrón se está desarrollando en el sector de los vehículos eléctricos (EV). China se ha convertido rápidamente en el exportador de automóviles dominante del mundo, desplazando a actores establecidos como Japón y Alemania. Empresas como BYD están desafiando a Tesla y a los fabricantes de automóviles tradicionales con vehículos más baratos y de alta calidad. Sin embargo, la industria está plagada de empresas en quiebra e incluso BYD enfrenta crecientes preocupaciones sobre la deuda. El consumidor se beneficia de las opciones y la asequibilidad, pero la estabilidad a largo plazo del sector sigue siendo cuestionable.
Tensión de la red y desperdicio de energía
El gran volumen de nueva capacidad solar está abrumando la red eléctrica de China. Equilibrar la oferta y la demanda se vuelve imposible cuando la producción renovable excede la demanda, lo que obliga a los administradores de la red a reducir la producción o incluso pagar a las entidades para que continúen generando energía a pesar del excedente. Esto conduce a un desperdicio de energía e inestabilidad. En Xinjiang, las fluctuaciones mal gestionadas provocaron un apagón regional que amenazó al sistema nacional.
La paradoja del progreso
A pesar del caos, el impacto es innegable. Países como Australia están explorando programas de “participación solar”, que ofrecen electricidad gratuita en los días soleados. Hawái ha cerrado su última planta de carbón y otras islas están reduciendo su dependencia de los combustibles fósiles. Sin embargo, algunos líderes se resisten a esta tendencia. Donald Trump, por ejemplo, se opone a la energía renovable y favorece tecnologías de largo alcance como la fusión sobre el rápido despliegue de soluciones existentes.
La ironía es que la desordenada revolución de China puede, en última instancia, beneficiar a los consumidores de todo el mundo, forzando la innovación y reduciendo los costos. Pero el camino a seguir dista mucho de ser sencillo. Como dijo una vez Mao Zedong, una revolución no es una cena. La revolución energética de China le está dando la razón.





















