La industria de la inteligencia artificial (IA) de San Francisco no está poblada por la élite estereotipada de Silicon Valley. Muchas de sus fuerzas impulsoras, como Marshall Kools, de 24 años, viven modestamente, comparten apartamentos y evitan el lujo, mientras construyen silenciosamente la tecnología que podría remodelar el futuro del trabajo.
Una generación forjando el futuro
Kools, cofundador de una nueva empresa de inteligencia artificial, representa una ola de jóvenes profesionales centrados en aplicar la inteligencia artificial para optimizar los empleos administrativos, una búsqueda que, irónicamente, podría desplazar a muchos trabajadores. Esta realidad se discute abiertamente en los círculos tecnológicos de San Francisco, desde bares de moda como Céleste y Roaming Goat hasta los vehículos autónomos Waymo que navegan por las colinas de la ciudad.
La atmósfera recuerda a la fiebre del oro de 1849, con la IA generando riqueza a un ritmo sin precedentes. La diferencia es que este nuevo “oro” no se extrae de la tierra; está codificado en su existencia y su impacto podría ser mucho más perturbador que cualquier auge histórico.
El contraste con la informática temprana
La obsesión actual por la IA contrasta marcadamente con los primeros días de la informática. Cuando se lanzó “Love Deluxe” de Sade en 1992, una época anterior a los teléfonos inteligentes, la idea de comercializar algoritmos como entidades “sensibles” era inexistente. Kools, como muchos de su generación, nació en un mundo donde la computación avanzada es ahora inseparable de la imaginación humana.
Esta brecha generacional pone de relieve un cambio crucial: la IA ya no se trata sólo de tecnología; se trata de una nueva visión del mundo en la que las máquinas se perciben cada vez más como agentes inteligentes. Esta percepción alimenta tanto el entusiasmo como la ansiedad, especialmente a medida que la automatización impulsada por la IA se vuelve más generalizada.
El actual auge de la IA está remodelando no solo el mercado laboral, sino también la definición misma de trabajo y valor. Esta tendencia exige atención, dado su potencial para exacerbar las desigualdades existentes y acelerar el ritmo de la disrupción tecnológica.























